Podemos asumir que en el rango de habilidad moviéndose tendríamos un miembro del Circo del Sol y en el otro un bebé con unas decimas de fiebre o alguien que no supiera que el Jaggermeister pega tan fuerte.
Yo estoy tan lejos del Circo del Sol que para mi son seres mitológicos pero tampoco tenía muchos problemas para escoger una posición y mantenerme en ella a voluntad. Si elegía estar en vertical podía mantenerme a voluntad, pero algo está cambiando. Hay indicios preocupantes.
El primer momento que me hizo sospechar fue un día que fui a tirar la basura. Bolsa de basura en una mano, bolsa con mis cosas en la otra. Mi máxima preocupación era escoger bien que bolsa lanzaba al container, no sería la primera vez ante tantas opciones acababa mi bolsa en el container y la basura conmigo.
Por suerte el container tenía un pedal para abrir la tapa, un pequeño apunte sobre el pedal. Esos pedales están guarros a nivel desagüe gallinero, solo me plantearía tocarlo descalzo o en chanclas si supiera que lo siguiente que pasaría en los próximos 10 minutos sería que me amputaran el pie.
Con mis dos manos ocupadas, mi cerebro centrado en identificar que era personal y que basura, pisé el pedal. Ese pisotón de pedal alteró el tiempo, por un momento sentí que mi pie se hundía más de lo que esperaba, como cuando bajas un peldaño que no sabías que estaba allí. Si avanzas suficiente el pie que no está apoyado la memoria muscular del cuerpo entiende que es hora de empezar a bailar una polka y dobla la otra rodilla. En este punto mi centro de gravedad estaba en algún punto dentro del contenedor y caí de espaldas como una tortuga. Tras de mí había suelo de baldosa y al lado un hueco de tierra donde tendría que haber habido un arbol, ahí caí. Me levante como si tuviera un resorte, me sacudí el polvo de pantalones y me fui caminando con normalidad, el objetivo era que si alguien había visto la caída pensara que en mi familia tiramos la basura así.
Unos días más tarde iba con un amigo charlando tranquilamente y un tramo de escaleras salvajes aparecieron ante nosotros. Tampoco pido subir y bajar escaleras como si fuera una vedette en los 80 pero un mínimo de coordinación es lo esperado. Mi amigo iba hablando mirando adelante mientras que yo chuté el canto del primer escalón. Fue como si hubiera dado una urgencia de hacer planchas, caí sobre la escalera recto como un tablón y en el ultimo momento me libré de dejarme la boca como un fumador de crack porque puse las manos sobre uno de los escalones más arriba.
Una caída y un amago de otra en dos semanas me empezaba a preocupar, sobre todo porque mi mujer estaba ya mirando de ponerme unos ruedines para que no me cayera más.
Intenté no darle más importancia, hay veces que uno tiene que mirar de frente la vacío y vivir sin miedo. Pero como dijo Nietzsche «cuando miras fijamente al abismo, el abismo también te mira a ti»
El vacío vino en forma de rampa de entrada al Mercadona.
En mi defensa he decir que ese día había llovido. Mi mujer entró a comprar al Mercadona y yo me quedé con la perra en el coche esperando que se alejara por el retrovisor, mi perra llorando desconsolada.
Salimos a pasear por un parque cercano y cuando calculé que ya estaría la compra volvimos hacia el parking. Es subterráneo y no está para que entren humanos no motorizados, así que tocaba bajar la rampa de entrada justo por donde pone «NO PEATONES» pero como yo no me identifico como Peaton yo tiro por allí.
Pasado la mitad de la rampa, lo suficiente para que todos los que estuvieran en el parking me pudieran ver, a mi pierna izquierda le entró la prisa y se fue resbalando hacia adelante. Sabéis eso que dicen para animarte a caminar de «Mueve las piernas que el cuerpo te seguirá» pues también funciona con los resbalones. La pierna al estar conectada al resto del cuerpo arrastró la cadera, pero mi pierna derecha estaba bien en el punto en que se encontraba así que decidió que ese pie no se movía. Por un momento pensé que acabaría haciendo un spagat y me preguntaba si físicamente era posible que pudiera hacerlo pero las dudas se disiparon pronto. En vez de abrirme de piernas hinqué la rodilla derecha en el suelo, giré sobre mi mismo y acabé de culo mirando a la dirección contraría por la que iba.
A todo esto mi perra se giró y cuando me vio sentado se acercó y se sentó a mi lado, en su mente tenía todo el sentido del mundo sentarse a media rampa.
¿Había comentado que había llovido?
La rampa mojada, era la entrada a un Mercadona que tiene el tráfico de una autopista de pueblo de playa en Agosto. Yo llevaba unos pantalones caquis, al levantarme estaban como si me hubiera puesto revisar los bajos de los coches del parking.
Se ve que del golpe se me había bajado el corazón a la rodilla porque era allí donde me notaba las pulsaciones. Me dolía la cadera, la rodilla y el tobillo de la pierna derecha, el orgullo de todo lo demás.
Pero esta caída era la gota que faltaba y me dió un ataque de risa como pocas veces. Mi perra entonces entendió que tocaba modo fiesta así que empezó a morderme los bajos de los pantalones. Con una pierna cojeaba y en la otra tenía una perra que parecía Cujo intentando desmontarme las costuras. En mitad del ataque de risa, arrastrando la perra enganchada al pantalón y medio limpiándome el barro de los pantalones me encuentro al marido de una conocida que estoy seguro que todavía se piensa que estaba borracho.
No me he vuelto a caer, pero ahora mi familia y amigos ahora van a mi lado con el móvil preparado por si tienen que grabar algo.
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