Estoy contento porque voy camino de tener la casa domótica. Por el momento ya he conseguido la fregadera inteligente, sino inteligente he conseguido que tenga una mala leche que haría palidecer a una manada de demonios de Tasmania.
Todo empezó unos días cuando la fregadera se negó a seguir tragándose el agua, así que cada vez que se fregaban los platos se ponía a prueba la física de los vasos comunicantes, tiraba agua por una fregadera y salía por la otra. Le di un tiempo que consideré apropiado para que reconsiderada su postura y viera las bondades de volver a tragar el agua. Pero las fregaderas en general y la mía en particular son de natural cabezonas así que decidí ponerme manos a la obra.
1er Asalto: El desmontaje
Después de sacar doscientos treinta botes que convivían en el armario bajo la fregadera (prometo enmendarme y aprender para que sirve cada uno) pude ver los entresijos de la fregadera. Para los no expertos diré que consiste en dos codos que se juntan en una especie de botijo (llamado sifón) que tiene dos oberturas, una por donde entra el tubo por donde se juntan los dos codos y otro que va hacia la pared.
En un ataque desmontador quité todas las roscas, todas, las gomas, los codos, los botijos, los sifones… Para sacar la última goma tuve que meterme dentro del armario. Viendo mi extraña posición la fregadera se dio cuenta de que me tenía a su merced, así que lanzó un chorro de agua «no limpia», llena de tropezones… falló por poco porque yo pude moverme lo justo para evitar el chorro mientras golpeaba los bajos de la fregadera con todas mis fuerzas con mi frente. Que gran momento para practicar mi curso de insultos en griego.
Tras limpiar todos los tubitos, codos y botijos. Vuelvo a montarlos, le doy al grifo y… pierden agua todas las juntas.
Vuelvo a desmontarlas, vuelvo a montarlas de nuevo y ahora ya no pierde peeeeero, si antes el agua era deglutida por la fregadera con la potencia de un aspirador de tienda de chinos, ahora la fregadera era un pantano.
2º Asalto: Química casera
Alguien me había dicho alguna vez que calentando Coca-Cola se podían desatascar tuberías. Como no podía ser de otra forma, no tenía Coca cola en casa, prueba de que no soy un gran consumidor. Me tocó bajar a la tienda de chinos de la calle de abajo, comprar una botella de dos litros.
Puse mas o menos un litro en un vaso medidor, volví a desmontar las tripas de la fregadera, me metí otra vez dentro del mueble aguantando con una mano el tubo, con la otra el vaso medidor caliente, con la otra apartaba el sifón que me tapaba la cara y con la que me quedaba aguantaba un embudo para atinar a echar el liquido dentro del tubo del desagüe (¿no os había contado que era un artrópodo?).
Ahora la pregunta del millón, con todo este follón ¿Donde acabó la Coca cola?
Todos aquellos que hayan respondido dentro del tubo es que no me conocen, los que hayan dicho en mi cabeza acertaron. Un litro de Coca cola bastante caliente fue a parar a mi cabeza y tronco, justo las zonas que antes se libraron del baño de agua «no limpia». En un intento de esquivar solté el sifón que me dio en los morros y le metí un cabezazo a una de las paredes del armario. Mi mujer se acercó justo para oír como iban mis progresos en maldiciones en punjabi. Si la fregadera tuviera cara en ese momento sería una cara de amplia satisfacción.
Pero «No importa cuantas veces caigas siempre que acabes levantándote» y surgiendo de mis cenizas cual ave fénix, cogí una cacerola y calenté el litro de coca cola que me quedaba, hasta el punto de ebullición, volví a montar las tripas de la fregadera y tiré el liquido del demonio por la fregadera. En un primer momento la coca cola se quedo humeando y después se la tragó.
3er Asalto: El desmontaje 2
Viendo que posiblemente el problema se había solucionado, vuelvo a meterme dentro del armario (¿alguien ha contado las veces que salí del armario ese domingo?) Contar que meterme en el armario era súper agradable, el suelo era una mezcla de agua «no limpia», Coca Cola recalentada y tropezones de cosas que la fregadera había escupido.
Vuelvo a desmontar todas las tripas y me las llevo a la bañera para darles un buen fregado y quitarles restos de Coca Cola y suciedad que pudieran quedar. Pongo el «telefonillo» de la ducha en la posición de máxima presión y… … se rompe. Se me rompió la ducha, en tres trozos y el más gordo de ellos fue a parar dentro del WC. Como ya tengo suficiente con la fregadera atascada me toca pescar el trozo.
Aquí tenía dos opciones: 1. Ser un hombre y superar todos los obstáculos, 2. Perder la poca cordura que me quedaba.
Opte por la segunda y mientras maldecía el maldito momento en que me puse a arreglar la fregadera, reía como loco y lagrimas como puños recorrían mis mejillas. Mi mujer se apartaba de mí al ver que ya estaba perdiendo los vínculos que me unían al género humano.
Vuelvo otra vez bajo el armario de la fregadera, vuelvo a montar todos los codos, sifones y tubos varios. Le doy al agua fría y… sigue embozada, igual de embozada que al principio o peor. Yo estaba en el punto en que me estaba planteando arrancar la fregadera y lanzarla por la ventana.
Con un estado de ánimo que haría que Annibal Lecter se planteara dejarme solo un ratito para que se me pasara el cabreo, vuelvo a meterme dentro del armario, le quitó la tapa del sifón sin pensar que acababa de tirar unos dos litros de agua fría. Por un momento volví a la infancia, cuando jugaba a ese inocente juego que era tirarse globos de agua, pero con globos de los gordos. Unos dos litros de agua fría me cayeron encima de golpe, que por raro que parezca no enfriaron para nada mi estado de ánimo.
Con un estado de felicidad interior que rayaba el cero absoluto volví a desmontar todas las tripas y a repasar todas las juntas, con lo que rompí una goma que hacía de junta. En este punto ya me planteaba lo útil que sería comer en platos de plástico o en un restaurante todos los días.
4o Asalto: Armas de destrucción masiva
Ante la imposibilidad de seguir puse un cubo dentro del armario y al día siguiente fui a la ferretería y llorando como un niño le dije: «deme algo que desatasque la fregadera».
Me vendieron un bote que seguro que en los EEUU mínimo esta considerado arma química. Como no podía tocar ni la piel, ni los ojos, ni los pelos vamos que no se podía ni mirar directamente me puse unos guantes de cocina, de esos de fregar los platos (algo que ya estaba viendo que en mi casa íbamos camino de no hacerlo nunca más).
Abro el primer tapón del bote, no sin emoción, y me encuentro que le han puesto una tapa de seguridad de esas que se abren con una mini lengüeta, como los guantes que llevaba no eran de esos con los que se puede jugar a cartas y expresar cariño, me costó un buen rato quitarle la tapita de las narices.
Cuando se la quité eche 300 ml. por la tubería, herví agua y la eche también, le puse unas velitas a la fregadera y le pedí por favor que se apiadará de mi, que le mostrara favor a su súbdito y que comenzara a tragar agua.
Tras toda una noche de una intensa guerra química en las tuberías hicimos la prueba definitiva. Volvimos a hervir agua y la lanzamos por la fregadera, en un primer momento el agua se fue despacio, al cabo de un rato volvió a salir todo lo guarra que se podía hasta el punto de desbordarse y al momento volver a desaparecer (esto eran los estertores de la fregadera) y desde este momento la fregadera comenzó a tragar.
Ahora junto a la foto de mi mujer en la cartera llevo también la foto de la fregadera que tantas alegrías me ha dado. Solo me queda ahora arreglar la ducha, me parece que este domingo… NI PENSARLO
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