Ayer tuve uno de esos días tontos.
A todos nos pasan estas cosas (eso quiero creer). Le pasa hasta al ordenador en casa, que tiene el día tonto y le da por recibirme a pantallazos azules, pero le entiendo y lo maldigo en bajito, por eso mismo, porque un mal día lo tiene cualquiera.
Ayer mismo, extraña coincidencia, tuvo un mal día el encargado de mantenimiento de la estación de metro de España (línea verde en Barcelona). Se ve que se dejó abiertas las puertas del averno razón por la cual las botellas en las máquinas de refrescos entraron en ebullición, había gente en el andén que si hubieran sido algo más agraciados físicamente se podría pensar que venían de un concurso de camisetas mojadas. Pero allí estaba el hombre con su mal día.
Otros que tienen mal día son los que asignan las visitas a los médicos de cabecera de mi barrio. Una conversación normal sería:
- Hola, me encuentra fatal…
- Tarjeta sanitaria
- Ella se encuentra bien, mírela. Es que me resfrié y ahora me duel…
- Su médico ahora no está, tendría que venir cuando esté.
- Ya, pero si hay algún médico me gustaría que me mirara…
- ¿Quiere hora?
- Ya tengo reloj, lo quiero es un medico
- Su médico le podrá visitar el jueves de la semana que viene
- Posiblemente estaré muerto ya
- El jueves que viene entonces a las 11:00
- ¿Algún médico de urgencias no hay?
- Usted tiene asignado uno en Johannesburgo…
La gente que asigna las visitas no quiere estar ahí. Deben ser los que se portaron mal en clase y los ponen a dar numeritos. Tienen un mal día o una mala vida no sé.
Mis malos días me producen pensamientos negativos sobre la inutilidad de lo que voy haciendo, y eso que ayer me compré un libro y eso siempre me produce una buena reacción, pero cuando tengo los cables cruzados ni libros ni leches.
Lo bueno de los malos días es que no duran más de 24 horas
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