Esta es una historia de mucho tiempo atrás, de cuando los dinosaurios poblaban la tierra y yo iniciaba mis estudios de administrativo.
He escrito bien, de administrativo, hace un tiempo (ahora no se como será) solo podías estudiar informática cuando habías demostrado que no ibas a utilizar los conocimientos adquiridos para conquistar el mundo, o empezar una tercera guerra mundial.
Por aquel entonces estudiaba yo en un instituto un tanto peculiar, se llama Santa Pau Pifma. El director, el señor Gumersindo, no es que fuera franquista es que si Franco hubiera vivido hubiera sido Gumersindista.
En el instituto se impartían clases de Electrónica, Administrativo y Hogar. A electrónica iba lo peor de cada casa, vamos que en cualquier momento podrían haber rodado allí “Mentes criminales 34”. No hará falta decir que allí las únicas chicas que entraban eran en las revistas que escondían debajo de los pupitres.
Administrativo éramos los «normales», con nuestras rarezas y nuestras cosas pero chicos enfermizos y raritos como buenos futuros informáticos.
Hogar era la antítesis de Electrónica, eran las chicas que querían ser monitoras de guardería. Allí los chicos eran los que estaban enganchados en sus carpetas.
Esta diversidad, y el hecho de que las clases estaban divididas por paredes de cristal producían situaciones raras raras raras. Por ejemplo un día los de electrónica se amotinaron, echaron a la profesora e incendiaron las papeleras mientras reproducían algún rito extraño aprendido seguro en sus largas sesiones de estudios de las civilizaciones antiguas.
Mientras los de administrativo, que estábamos separados de ellos solo por una pared de cristal, nos preparábamos para ser invadidos en cualquier momento, las de hogar, inmersas en su mundo de Banner y Flappy empezaron a ensayar el «Sol, solet» canción de cuna catalana. La letra viene a decir algo así como «Sol, solecito venme a ver, venme a ver, sol solecito venme a ver que tengo frío» (Las canciones para los niños de tres años no las compone Bunbury).
Todo esto sirva de introducción para mi historia (cada día escribo peor, lo sé).
Un día salíamos tres compañeros de clase y cuando nos disponíamos a cruzar la calle una furgoneta bloqueaba el paso de peatones. Al esquivarla nos salimos del paso y vino un coche, podríamos decir que no venía despacio.
Yo iba en medio de los chichos, digo en medio de mis dos amigos. Pero el que estaba más expuesto resulto ser un ninja que se desvaneció, yo que soy de natural lento solo me dio tiempo a medio girarme para medio disfrutar del atropello en todo su esplendor.
El coche comenzó a pisarme el pie por el talón. Lo doblo cual cajera del Zara y lo juntó con la punta. Al terminar de pasar di un respingo y giré sobre mi mismo que ni el Nacho Duato de joven.
Esa fue una de las primeras veces que pensé que había conocido el dolor es su estado sublime. Para mi no podía haber nada que provocara un dolor más refinado e intenso.
Justo pasaba por allí una profesora, la de «natus», que posiblemente era la más pequeña del instituto pero se empeño la buena mujer en tirar de mi para levantarme del suelo. Por si mi peso, que no era poco, no fuera suficiente la mochila se había enganchado en el portón de la furgoneta con lo que sacarme de allí era una obra de ingeniería.
Una vez de pie caminar no era sencillo, sin apoyar el pie y como punto de apoyo una mujer de cuarenta kilos la cosa no era sencilla.
Al llegar al colegio de nuevo salió el director, alertado por alguno de sus espías y comenzó: «Es que ustedes son unos vagos y unos maleantes, que andan todo el día magreándose por las esquinas y luego pasa lo que pasa, que los pillan los coches y luego… y luego… todos son problemas para el instituto.» Me llevaron al hospital y allí me dijeron que abandonara la idea de tener una articulación nueva en mitad del pie, que lo mejor era enyesar una temporadita y dar parte a la urbana.
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