Las puertas

Uno de los misterios de la historia se me ha revelado hoy con una claridad meridiana. La cuestión que tanto ha preocupado a generales en el campo de batalla es: ¿Como se puede motivar a un ejército para que luche tenaz y ferozmente?

La respuesta: Colocando unas puertas de metro en el centro del campo de batalla.

Esto me ha quedado clarísimo hoy cuando intentaba bajar del metro en la parada de Cataluña por la misma puerta que unas 1200 personas, mientras que en el andén unos pocos cientos intentaban subir. No estoy seguro, pero así a ojo diría que las puertas del metro de Barcelona no harán mas de 2 metros de ancho por unos 2,20 de alto (el dato de la altura es importante porque seguro que hay gente que entra sin tocar el suelo).

Comentaros que tras conseguir salir me he girado y he podido comprobar que las bajas eran mínimas prácticamente todos los que «ordenadamente» queríamos bajar lo hemos conseguido, no con las mismas cosas que teníamos al subir ni siquiera en el mismo orden pero estábamos abajo. Solo unos pocos de los que asediaban la puerta se han quedado en tierra, pero por sus caras de felicidad se notaba que entendían que en toda guerra unos han de caer para que otros consigan la gloria.

Si alguien estudió que el orín de los gatos es fluorescente en la oscuridad y que nadie puede lamerse el codo, seguro que algún otro estudio igual de «científico» habrá estudiado el efecto que tienen las puertas del metro sobre nuestro psique mas profundo, porque alguna explicación tiene que haber para todo esto:

¿Por qué la abuela adorable que has tenido sentada todo el trayecto junto a ti, al llegar a su parada se convierte en cimmeriana y es capaz de, a base de golpes en los riñones salir y conservar la permanente?

¿Qué efecto sedante tienen las puertas que provocan que uno no sienta dolor y puede seguir luchando hasta subir/bajar del vagón?

¿Por qué se rompen los vínculos familiares y un padre es capaz de abandonar a sus hijos para llegar al andén?

Y otras más que ahora están encalladas en alguna parte de mi cerebro. El caso es que visto lo visto no me extrañaría nada ver algún día a alguien con media cara pintada de azul, con la Claymore en alto abriéndose paso a mandobles.

Volviendo al comienzo de mi desvarío ahora entiendo que reyes como Alejandro Magno con sus hoplitas y la Punta o Aquiles con sus mirmidones lo que hicieron fue colocar puertas de metro por ahí donde previeron que la lucha sería especialmente dura, entonces el animal que llevamos dentro poseyó a sus guerreros y se lanzaron a intentar pasar por ella dándoles un valor y fuerza descomunales.

Si grandes castillos como el de Montsegur cayeron fue porque a vascos y catalanes los franceses les hicieron creer que el castillo en realidad era un vagón y el portón la puerta a punto de abrirse.

Si no solo fijaros en los momentos previos a que el metro se detenga por completo, mirad a la gente de alrededor. La cara se convierte en una mascara en el que el único sentimiento que se ve es una obstinada determinación, la mirada se endurece y se fija al frente, las conversaciones paran, la frente se perla de un sudor frío del que sabe la muerte cerca (quizá esto es un poco exagerado), los nudillos se vuelven blancos de la fuerza con que se cogen bolsos y mochilas, y entonces se abren las puertas y un caos que haría palidecer a los sajones se forma, los peones se cruzan se lucha metro a metro, no hay tiempo para recoger a los heridos, un silbato que sale directamente del averno indica que la lucha termina. El conductor convertido en Odín decide la suerte de los guerreros y cierra la puerta procurando que siempre quede un bolso o mochila atrapado cuando no un brazo o pierna. Los que han salido llegan a los pasillos caminando como si nada hubiera pasado, el estudiante que repasaba como loco los apuntes antes del examen ha perdido la mitad del temario y la otra mitad se ha convertido en un legajo mojado de sudor imposible de leer. He visto a personas que por culpa de la presión han salido compartiendo pantalones.

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