Al poner este titulo parece que yo sea un anciano decrépito cuando no es así, pero es que cada vez me doy cuenta de que el salto generacional entre los jóvenes que están creciendo ahora y yo es más grande. Prueba esto de que o no soy tan joven como pienso o los que veo en el metro no son tan adultos como intentan aparentar. Como este colectivo es muy grande voy a hacer un primer intento de acercamiento ahora, por especímenes.
Esta especie está imantada con el mismo polo que los libros, esto quiere decir que se repelen, nunca los verás juntos, si tienen algo en las manos puede ser: un móvil, o el Marca o As, una caja de herramientas o unos anillos enormes de oro o algo parecido.
Normalmente van mirando a la gente como si te estuvieran perdonando la vida, y da igual que sea verano o invierno suelen ir con camisetas de tirantes que dejen ver sus buenos brazos cultivados en la calle.
La moda esta de llevar anillos de oro supongo que comenzaría con lo de ponerse un sello con las iniciales y se fueron picando a ver quien se lo ponía más grande y ahora la moda es llevar el libro de familia grabado en la parte de delante y el himno del Madrid por la detrás.
Cada día suelo ver a uno que, como muestra de su buen gusto y saber estar, lleva la cabeza de un águila que a falta de cuerpo las patas le salen de la boca y la cola de los ojos, queda bonita porque sí.
Normalmente la gente que va en el metro siente ciertos reparos en ir mirar fijamente a los demás este no es el caso de los pelados, ellos miran y miran y si les devuelves la mirada preguntan con esa voz melodiosa y amable: «¿Y tu que miras?». El día que se encuentren dos frente a frente se acaba la línea y por no ser el último en apartar la mirada se mueren de inanición.
Prácticamente todos hemos formado parte de este selecto grupo que puebla nuestros vagones.
Normalmente se les conoce por esa cara entre angustia y sueño, esas carpetas con pegatinas de todo lo que han podido conseguir o si es chica del actor de moda, si es posible con cuanta menos ropa mejor y como no por esa forma de acabar los deberes en el trayecto.
Todavía me acuerdo de esos ejercicios de Ingles hechos a toda prisa en el metro, y uno encima se piensa que no han quedado tan mal y al entregarlos la letra parece que sea de escritura desligada, pero si parece que lo haya escrito uno con sobredosis de éxtasis.
Además, como ya comenté, el conductor del metro que lo ve todo en cuanto ve a uno acabando los deberes en el vagón aprovecha para tomar las curvas a toda velocidad, vamos que hasta los que están sentados se van cambiando de sitio con los meneos que va dando.
Después uno cuando estudia lleva la mochila que es como una extensión de su cuerpo, se sube con la mochila a la espalda, se sienta con la mochila en la espalda, y no es una mochila pequeña porque uno lleva los libros que tocan, los que no tocan por si acaso, las libretas, carpesanos estuches, bolis sueltos, tres quilos de tippex repartidos en varias frases que han ido escribiendo por toda la mochila, un bocata consistente y como no, varias bobinas de CDs todos legales, donde están nuestros documentos que se comparte con los demás compañeros de clase.
Dentro de los jóvenes unos que merecen especial atención son esos que se agrupan en rebaños y con su pastorcillo van por los vagones alegrando los viajes, quiero decir a los colegios que van de excursión en metro.
Antes de hablar con ellos hacer un llamamiento popular, estoy por recoger firmas, ¿tan mal de presupuesto están los colegios que no pueden alquilar autocares?, El viaje en metro ¿Es una parte educativa del viaje?
Si ya es malo y pesado viajar en metro cuando en una parada ves que empiezan a entrar niños y niños y niños y niños es para llorar. Porque hay colegios que deben dar las clases en circos romanos porque sino no se explica que hayan clases de 326 niños y niñas eso si con dos profesores para vigilarlos.
Y seguro que alguien que dice eso de «Los niños son adorables», bueno si como adoración entendemos las antiguas paganas en que los asaban como corderitos puedo llegar a estar de acuerdo, pero sino es que no se ha viajado en metro con ellos.
Lo primero que te das cuenta es que están creciendo y desarrollándose, por lo que no tienen todas la capacidades de un adulto como por ejemplo la de controlar la voz, hablan que parece que están huecos, la voz reverbera dentro y sale con una potencia que ríete de las rumanas pedigüeñas.
Además da igual que se vayan al zoo, o de colonias 15 días llevan una mochila en que debe caber un niño desmontado para que los profesores tengan piezas de recambio. Viendo a los niños he llegado a la conclusión de que me han tenido engañado toda la vida, los niños no nacen a los padres les dan una mochila de estas y se lo montan ellos.
Otra habilidad de la que carecen los niños es la percepción de la realidad, ellos entran al vagón y se piensan que porque estemos a 35 grados es una playa californiana y es todo uno, entran al vagón y se ponen en posición de surfear, y ¿que equilibrio puede tener alguien que calza un 32 y tiene a un clon en la mochila de la espalda? Pues el caso es que no se caen… no se caen porque te empotran la mochila en la barriga, te pisan los dos pies y encima te piden perdón riéndose.
Yo recuerdo que antes los profesores ponían una cuerda a los niños pequeños y todos nos teníamos que coger, por cierto que la cuerda la sacarían de los despojos de la armada invencible porque era cogerla y te levantaba toda la piel de lo áspera que estaba. Bueno pues ahora los profesores lo tienen mejor, los niños ya ponen su propia cuerda, es el cable de conexión de las consolas. Todos con su Game Boy Color Advance Ultimate Generation Tribal Special Edition con el juego de los pokemon y una especie de cable que se conecta a la consola del amiguito y la de este con la de detrás y así hasta que todos los niños van cogiditos por sus cables de consola. El día que saquen las consolas con Bluetooth se acabó lo que se daba.
Lo mejor de viajar con niños en el vagón, es cuando se van, es la única vez que se puede sentir alivio en un vagón, hay veces que incluso se oyen suspiros de satisfacción, la gente se mira y se respira felicidad. En ese momento no hay nadie más feliz.
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