Me he puesto a recordar cuando era chiquitín y con mis padres iba a la playa, casi siempre por la parte de Girona (muy recomendable, de lo mejor en playas de las que he estado).
Quizá alguno haya podido deducir por alguno de los capítulos anteriores que siempre he tenido una extraña relación con los deportes y los deportes acuáticos no iban a ser una excepción, pero si algo tenía la industria en ayudas para la natación es que te incentivaba para que aprendieras a nadar sin ayudas cuanto antes. Porque sino no se explica el diseño de los artilugios que hacían para que aprendieras a nadar.
El primero de esos aparatos del demonio que recuerdo yo son los flotadores, he visto con el paso del tiempo se han ido agrandando y ahora parecen más neumáticos de tractor más que la cámara de bici que parecían en mis años.
Daba igual cuando te compraras el flotador que siempre quedaba pequeño así que se daban esas extrañas escenas, teniendo que levantar los brazos y que mi padre me lo encasquetara como si me estuviera poniendo una brida, creo recodar alguna escena de metérmelo a rosca.
Lo mejor no era que quedara pequeño sino eran LAS COSTURAS. Estoy convencido de que el tío que lo pensó no le explicaron para que lo querían y se pensaba que seria una especie de cámara de neumático hortera, porque sino no se explica el por qué de esas costuras que te irritaban el Michelin y el interior de los brazos hasta hacerlos sangrar, vamos que cuando salía del agua (normalmente cuando mi padre me gritaba: “SAL YA QUE LUEGO ME MOJAS EL COCHE”) tenía que andar como John Wayne, vamos que parecía un vaquero a punto de desenfundar.
El mar cura, al menos el mar de mis años, los niños al grito de “NO HAY DOLOR” estábamos todo el día en el agua y cual coches de autochoque rebotábamos unos contra otros chocando con nuestros flotadores, el problema venía cuando el mar se picaba y se levantaban olas. Como tenía el flotador encasquetado en la cintura alguna que otra vez lo que hacia la ola era voltearme y me quedaba haciendo el pino puente con lo que tenía que venir mi padre a enderezarme.
Luego recuerdo que aprendí un poco más me compraron una especie de burbuja de corcho rosa, era ROSA, que se ataba al pecho con una especie de correa de persiana con un broche de hierro colado que se oxidaba el primer día. Si alguno no ha vivido esta maravillosa experiencia que pruebe a atarse una cuerda de Esparta en los sobacos, la aprieta y que alguien la vaya girando a la par que estira de ella. IMPORTANTE para completar la simulación otro tiene que coger una pieza de hierro punzante y que se lo vaya clavando en el pecho. Yo creo que fue un milagro que a ningún niño le amputara los brazos ese engendro de la inquisición.
El caso es que a mi la burbuja me duró poco y me compraron “los manguitos” es la misma filosofía del flotador pero en pequeño… todo en pequeño menos las costuras que seguían afiladas como catanas. Ahora dividiendo el flotador se podían hacer más cortes en mucho menos tiempo era como intentar depilarse las axilas utilizando como cuchilla una piedra de sílex. Por no hablar de lo útil que resulta intentar aprender a nadar con algo que no te deja meter los brazos bajo el agua, vamos que nadabas gracias al juego de muñecas…
¿Era o no era normal que aprendiéramos a nadar sin ayudas cuanto antes? Estoy convencido que a David Meca de pequeño le ponían manguitos más burbuja por esto mismo esa gran especialización.
Además teníamos que aprender a nadar bien porque cada cierto tiempo pasaba la avioneta de NIVEA y lanzaba pelotas, lanzaba pelotas a una distancia mas o menos a unas cinco piscinas olímpicas de distancia de la orilla, pero daba igual, 3500 niños se lanzaban al agua para alcanzar alguna de las 100 pelotas que había lanzado la avioneta. No es solo que tuvieras que nadar como si te persiguiera el diablo además tenías que ir como si fueras en un carro de Ben-Hur dándole guantazos al niño de al lado. Al llegar a la pelota te cogías a ella como si te fuera la vida, realmente te iba la vida porque habías tragado tanta agua y estabas tan echo polvo que si te soltabas te ibas al fondo a plomo. Así que cuando volvías a saber respirar y dejabas de eructar de la cantidad de agua tragada volvías a la orilla con la pelota entre las manos y recorriendo una distancia larga como la carretera 66 a base de ir chapoteando con los pies y ¿Todo para qué? Para no poder jugar nunca con la dichosa pelota porque era ponerse a jugar y una ráfaga de aire la colaba en el techo del chiringuito.
¡Las vacaciones ya nunca volverán a ser lo mismo que cuando éramos pequeños! (… y eso que teníamos que hacer los cuadernos de Vacaciones Santillana)
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