De lo mejor que te puede pasar una mañana cuando llegas al metro medio dormido, andando con el piloto automático puesto, es que al llegar a la entrada de la estación te encuentres con el letrero de: «Disculpen las molestias, estamos trabajando para su comodidad».
Esto representa que las escaleras mecánicas ya no van a funcionar, los ascensores que normalmente ya no van ahora menos que nunca, de las taquillas funcionará 1 de 15. Pero esto no acaba aquí.
Lo primero que llama la atención de las obras de metro es el perímetro de seguridad que marcan para que los albañiles trabajen tranquilos y seguros. Estoy convencido que el metro tiene un acuerdo de colaboración con ADO y cuando tienen que marcar el perímetro llaman a Manuel Martínez para que lance un ladrillo y allí donde caiga se limita. Si no es eso quiere decir que les ponen vivienda a los trabajadores dentro de la obra. Esto provoca algo muy bonito que es ver a la gente que entra en el metro como se va estrechando hasta formar una fila de «a uno», y ¿a quien tienes delante? pues sí en el metro también viajan jubilados y siempre hay uno que siente la llamada de la naturaleza de pararse a ver que están haciendo allí dentro, cuando está clarísimo están «trabajando para su comodidad».
Una segunda cosa muy curiosa es lo que trabajan para nuestra comodidad. Digo esto porque entiendo que al decir que «trabajan para su comodidad» el «su» se refiere a los usuarios a aunque puede ser que el cartel lo escriban los albañiles y se podría traducir por algo así «Esta trabajando para su propia comodidad» y no me extrañaría nada, durante muchos meses estuvieron de obras en la parada de metro de Marina «para su comodidad», esto hacia que cada mañana al salir del metro parecía que venía de jugar el Seis Naciones. Cuando acabaron entonces vi que lo que “yo necesitaba” allí es un supermercado en el que todo costará el triple que en el supermercado que hay justo arriba en la calle.
Además ¿Que les pasa a las escaleras automáticas?, ¿Como es posible que se estropeen tanto? Es más una escalera automática funcionará perfectamente hasta que te rompas una pierna, a partir de ese día «por tu comodidad» estará estropeada, o ampliada, o redecorada.
Pero lo hacen por tu bien, con las tres semanitas que tienes por delante bajando y subiendo el tramo de escaleras vas a aumentar muchísimo tu musculatura de brazos.
Si todo esto no sucede, entonces al lado de los tornos está la maravillosa pizarra en la que pone «La línea 4 no funciona entre Verdaguer y Selva de Mar, se han habilitado una línea de autobuses que cubren el recorrido». Esto es lo mismo que poner «La línea 4 no va así que espero que tengas buenas piernas porque te vas a pegar un paseo…»
La línea de autobuses que ponen está compuesta por un autobús de los que ya cubrían el trayecto en la época en que asfaltaron la calle por primera en la historia de la ciudad, han borrado los símbolos franquistas y a circular «que está como nuevo».
Vamos a volver al cole a hacer un cálculo sencillo. Un metro debe tener unos 5 vagones por unas 100 personas por vagón y todas se quieren montar en un autobús de unas 100 plazas, que agradable… Entonces uno va a la taquilla, pide un plano de metro y hace cálculos de transbordos que puede hacer para llegar al destino y solamente haciendo 5 transbordos es capaz de llegar al destino una hora y media más tarde de lo que tenía pensado.
Pero esto solo sucede cuando te avisan de que va a fallar porque es mucho mejor cuando una vez montado oyes esa voz melodiosa que dice: «Por causas ajenas a nuestra empresa el servicio de metro se ve interrumpido». Lo primero que piensa uno es «Algo de culpa debéis tener». Quince segundos más tarde en cada puerta hay un hombre de mediana edad asomándose mirando hacia lo profundo del túnel, donde nadie ve nada ellos deben tener un poder especial porque siguen mirando hacia la negrura durante quince minutos seguidos.
A los diez minutos la gente va al andén y comienzan a hablar en voz alta cual ministro en mitin sobre los derechos del viajero, lo inaguantable de la situación, la baja moralidad de la madre del conductor.
Entonces alguien dice: «Eso es que uno se ha tirado al metro», y es oír esto y varios más se asoman a las puertas a ver si ven algo más. Ya tenemos diez personas mirando la negrura.
Entonces cuando veinte personas por vagón están asomadas por puertas y ventanas como topos pita el metro y arranca con suavidad, como si llevara un cepo en cada rueda, avanza 200 metros y en mitad del túnel se para y se apagan las luces junto con la capacidad de hablar de la gente.
Todo el mundo se calla y yo me imagino a todo el mundo entornando los ojos a ver si poniendo cara chino es capaz de ver algo (extraña cosa esta creencia popular de que los chinos ven en la oscuridad, porque si no se bien porque todo el mundo a oscuras pone esa cara), las manos a los bolsos y bolsillos que hay mucho listo suelto.
La gente comienza a hablar en susurros como si se hubieran apagado las luces porque alguien durmiera. Lo único que se escucha fuerte es la música de un tío que vive ajeno a todo en la esquina, que por la pinta que tiene (y el olor) seguro que lleva varios días en el vagón o esta muerto.
Cuando uno comienza a ver porque tiene las pupilas del tamaño de monedas de dos euros, se encienden todas las luces con la intensidad de foco de Xenón y ahora sí, hemos viajado miles de kilómetros y estamos en un tren de Saigón, todos en vez de ojos tenemos dos puñaladas. Arranca y todos llegamos a nuestro destino felices y contentos hemos visto el túnel y la luz, sobre todo la luz y seguimos vivos.
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